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jueves, 18 de junio de 2009

vas que vas, caminante

Defendiendo mi derecho a caminar por esta ciudad. Siempre he sido caminante incansable. La violencia que se vive en la capital está en boca de todos, pero no por eso voy a dejar de practicar una de las actividades para mi mas placenteras. Mi abuelo me enseñó a caminar. Todos los días a las cinco de la tarde, le ofrecía el brazo para que iniciáramos la marcha. Él tendría 80 años y yo alrededor de 13 ó 14. Hemipléjico, de bastón a la Borges, más un aparato en la pierna que le ayudaba a la movilidad, emprendíamos el paseo. Contaba los pasos, e inequívocamente ponía en practica mecanizaciones para que yo las resolviera. Pero además aprovechaba los 30 minutos que duraba el paseo para contarme anécdotas de la vida cultural de sus años jóvenes. Su amor por la música, la preocupación por que mi madre prosiguiera sus estudios pianísticos. Me enseñó a observar los beneficios del buen andarín: respiración honda y acompasada, paso rítmico, brazos sueltos en movimiento pendular.
A la vuelta de los años me he percatado de la razón que yacía en las palabras de mi abuelo. Viejo sabio, veía en el arte de la caminata un gusto inveterado que a nadie le costaba cinco centavos y que habían ejercido grandes figuras del arte del sonido: Bach, Beethoven, Brahms.
El acontecimiento de caminar va de la mano con la introspección más profunda. Seda el primer paso, se da el segundo, y aquella calle va revelando sus secretos. Ese primer paso bien equivaldría a la primera línea que se lee de un libro: que de pronto el viaje se torna experiencia hacia el centro de uno mismo. Eso es lo que me maravilla de caminar, que conforme avanzo por la calle- aun en el caso de que se trate de una calle conocida-, avanzo en el conocimiento de mí mismo. Caminar me descubre eso. Me revela matices, aspectos de mi persona que por obvios había pasado por alto. Pero no sólo eso: cada fachada, cada esquina, cada vecino que se atraviesa en la caminata encierra su buena dosis de imprevisibilidad; que uno le descubra depende del ejercicio de la observación.
Caminar forma parte de la imaginación narrativa. Abundan las novelas de caminantes nobilísimos. Tal vez por que el escritor quiere salir de su entorno, aventurarse por otros linderos, tocar el sedimento de determinados abismos, asomarse tras ventanas que se encuentre en el camino. Tal vez porque en el fondo de todo escritos hay un trashumante, un hombre que no puede estar en paz. Viaje o no viaje, ese narrador se imagina recorrer las calles de ciudades allende el mar. Calles en las que nunca ha estado, que sus pies jamás han pisado. Y he aquí otra de las atracciones de caminar por las arterias que pueblan, digamos, el corazón de este Distrito Federal. ¿Cómo no emocionarse cuando se camina en calles por las que han deambulado hombres como Vasconcelos, Revueltas, Pellicer?
Pero no hay que ir tan lejos. Se viva donde se viva, esta ciudad representa desafío para el caminante. Que nuestros pies tomen la capital es el siguiente paso.
Vas que vas.

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